La moda europea del siglo XVIII se caracteriza por un notorio afrancesamiento en la gran mayoría
de las naciones, aunque mantienen algunas peculiaridades propias diferenciadoras de los países.
Las clases sociales mas altas procuran no desviarse del patrón francés, ya que en eso consistía
la máxima elegancia. En cambio las clases populares se apegarán mas que nunca a lo
genuinamente local y propio.
Estas dos tendencias en la moda de la época, las reflejo perfectamente el Marqués de Lozoya, en
el prologo de la obra de Max Von Boehn, “La Moda”, y dice así:
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“La dualidad en la España del s. XVIII se refleja
vivamente en la indumentaria. En tanto que las clases
elevadas esperan con impaciencia el figurín de Francia, el
pueblo se apega cada vez mas a sus trajes castizos”.
Estas dos tendencias dentro del vestir también arraigan en Canarias. En los núcleos urbanos, las clases mas altas siguen indistintamente los gustos galos y populares; y las clases medias mostraran en su vestir las influencias del casticismo español.
George Glas (1.764:283) describe las indumentarias canarias
tal que así:
“En Santa Cruz en la isla de Tenerife y en la ciudad de Las
Palmas en Canaria, algunas señoras mas elegantes salen
de paseo en sus coches vestidas a la moda francesa o de
los ingleses, pero ninguna pasea por la calle sin velo........
Las mujeres mas jóvenes no llevan corsé, sino cortas y
ajustadas chaquetillas, como las de la gente del pueblo,
con una sola diferencia, que son de telas mas finas, y
también llevan mantillas de paño escarlata o de fina
franela blanca, guarnecidas en oro o plata”
En estos textos también se advierten claramente las dos
tendencias en el vestir femenino.
A partir del siglo XIX, una tercera corriente influenciará en el vestir isleño, son las modas inglesas
que empiezan a dominar en el atuendo y duraran hasta bien entrado el siglo XX.
Los hombres de las clases pudientes son los primeros en adoptar la moda inglesa en las dos capitales de Canarias,
resultado del afincamiento británico en ambos puertos.
Las mujeres seguían apegadas a las modas francesas y
españolas. Era costumbre muy extendida entre las mujeres
más pudientes el vestir la basquiña y mantilla de blondas
para asistir a la iglesia. Llego a ser tan común que tomo
nombre propio, y cuando vestían así se decía que iban de
“mantilla y basquiña” o de “saya y mantilla”.
Esta manera de vestir genuinamente española llamaba
mucho la atención a los viajeros que visitaban las islas, y
dejaron descripciones como estas:
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