lunes, 24 de junio de 2013

LA ROMERIA DE LA VIRGEN DE LA PEÑA

 
 
Fuerteventura
Conocimiento y actividad tradicional declarado Bien de Interés Cultural con categoría de Ambito Insular
Extraído del BOC Nº 089. Viernes 4 de Mayo de 2007
 
DESCRIPCIÓN
La devoción a la Virgen de La Peña en el Archipiélago Canario se inició en Fuerteventura en el siglo XV, extendiéndose más tarde a otras islas del Archipiélago, como Lanzarote y Tenerife. En esta última se venera a La Peña en el Puerto de la Cruz, lugar al que fue llevada esta advocación por franciscanos procedentes del convento de Betancuria hacia el año 1600.
Esta imagen posiblemente comenzaría a recibir culto de los primeros devotos desde el siglo XV. Posteriormente, se extendió la devoción a la imagen con el nacimiento y difusión de la leyenda piadosa que cuenta su aparición milagrosa, en las rocas de Malpaso, en Vega de Río Palmas.
Sobre esta advocación mariana existen varias representaciones escultóricas y pictóricas, entre las que cabe mencionar la talla de madera policromada y estofada que se encuentra en la ermita de Nuestra Señora de la Peña de Francia, en el Puerto de la Cruz; el lienzo, localizado en la ermita de Vega de Río Palmas, que representa la aparición de la imagen; la pintura de La Peña que se encuentra en el retablo de la ermita de Nuestra Señora del Socorro, en La Matilla; y la talla de la Patrona de Fuerteventura, venerada en su iglesia de Vega de Río Palmas, que es la más antigua de todas.
El origen de la iconografía de la Virgen de La Peña parece estar relacionado con una antigua tradición piadosa, referida por el Padre Choquecio y registrada por Joseph de Viera y Clavijo en su obra Noticias de la Historia General de las Islas Canarias, que cuenta la aparición de la Virgen de La Peña de Francia, en Salamanca, ocurrida hacia 1434.
La leyenda majorera presenta rasgos comunes con aquella tradición, aunque también incluye elementos nuevos, entre los que destacan la intervención de San Diego de Alcalá y Fray Juan de San Torcaz, monjes franciscanos que residieron en el convento de Betancuria. La tradición de la aparición de la Virgen de La Peña en Fuerteventura dice:
"Una noche de primavera, dichos los maitines, echó de menos San Diego al padre Santorcaz, y como entendiese que la tarde antecedente había salido del convento en busca de algunas yerbas medicinales, se enderezó, no sin bastante sobresalto y casi con toda la comunidad, a los campos circunvecinos, donde los pastores le dijeron que a la verdad ellos no habían visto al venerable padre, pero que toda aquella noche la habían pasado sobrecogidos de la mayor admiración, por haber observado gran multitud de luces y entre ellas como un astro refulgente que corría hacia Malpaso o Río de Las Palmas. Bastó esto para que todos juntos se encaminasen a este sitio, donde, al pie de una peña muy escarpada, dentro de una poza de más de veinte palmos, divisaron fluctuante el sombrero del religioso a quién buscaban tan solícitos.
Este hallazgo, que no pudo dejar de penetrarlos de temor, pasó a asombro, luego que descubrieron en el fondo de la poza al venerable padre hincado de rodillas, con su rosario al cuello, el breviario abierto entre las manos y su espíritu absorto en las delicias de la más tranquila oración. Arrojóse inmediatamente uno de los pastores y sacó entre sus brazos al feliz sumergido tan ileso, que ni la ropa ni el breviario mostraban la más breve humedad.
En vista de un acontecimiento tan fuera del orden regular, creyó el santo guardián debía usar su autoridad sobre un súbdito a quien la naturaleza obedecía, mandándole declarase en público todas las circunstancias de aquel milagro. Respondió fray Juan de Santorcaz, lleno de confusión, que la verdadera causa de tanta maravilla estaba sin duda encerrada en el seno de la peña inmediata, pues así lo daban a entender las músicas celestiales que había oído y los rayos de pura luz que arrojaba de si, cambiando las sombras de la noche en día alegre.
No pasó mucho tiempo sin que se hiciesen venir algunos instrumentos a propósito para romper el disco; pero el cielo, que, aunque quería se manifestase entonces aquel tesoro oculto, tenía por conveniente se mortificase algún tanto la santa curiosidad, permitió que, abollándose los picos y barras de hierro, se cansasen los trabajadores sin fruto, hasta que San Diego, con ademanes de hombre inspirado, volvió a señalar la parte por donde había de romper la rebelde roca. Este golpe fue decisivo. Todos los circunstantes vieron una pequeña imagen de piedra blanca que representaba la madre de Dios con su divino hijo en los brazos y, habiéndola sacado de su hueco, la colocaron después en la cueva de tránsito más fácil, donde permaneció casi un siglo, hasta que sus devotos fabricaron la capilla en que es venerada."
La imagen.
La imagen majorera, que hoy podemos contemplar en su ermita de Vega de Río Palmas, se caracteriza por su extraordinaria belleza; es una figura sedente, de 23 cm de altura con el niño situado sobre las rodillas, esculpida en alabastro, siguiendo los cánones del gótico de principios del siglo XV.
Se encuentra situada en la hornacina central del retablo mayor de la referida iglesia, colocada sobre un pedestal dorado y enmarcada por un sol de plata y una media luna dorada. La hornacina que da cobijo a la imagen está decorada con molduras, rocalla y rodeada de inscripciones latinas. La imagen de La Peña presenta los ojos cerrados y roturas en la cabeza y brazo del niño, hechos que explica la tradición piadosa señalando que la virgen cerró los ojos para no ver cómo una mora loca mutilaba a su hijo.
El retablo que preside La Peña es de estilo rococó-chinesco y se inscribe en la tipología denominada "retablo apaisado", por dominar la dimensión de lo ancho sobre lo alto. Esta característica, común a otros retablos de Fuerteventura, le proporciona una especial gracia, y se justifica por la escasa altura que alcanza la cabecera de la capilla. Asimismo se caracteriza por un claro predominio de los motivos pictóricos.
La ermita.
La ermita dedicada a La Peña es de una sola nave, en cuyo interior destacan el coro de madera, situado sobre la puerta principal; el arco que separa la capilla mayor de la nave del templo, apoyado en columnas de fuste bulboso en la parte inferior y salomónico en la superior; la cubierta de armadura ochavada de la capilla mayor; y la cubierta en artesa de la nave. En el exterior sobresale la fachada, de corte clasicista. Está realizada en cantería de color claro y en ella destacan el arco de medio punto de la portada, que se encuentra flanqueado por plintos decorados con casetones, sobre los cuales descansan columnas pareadas, con fustes ligeramente bulbosos en la parte inferior y con capiteles compuestos. Sobre estos soportes se sitúa un frontón con el tímpano vacío y roto en la parte superior, en cuyo vértice se encuentra un ósculo. La espadaña se levanta en el centro del hastial y está formada por dos cuerpos.
Esta iglesia fue costeada por los pueblos de la isla y se edificó en los primeros años del siglo XVIII, inaugurándose el 26 de agosto de 1716, si bien, en su construcción se emplearon algunos elementos de una ermita anterior, pues la Virgen de La Peña estuvo colocada con anterioridad al siglo XVIII, en otros santuarios. Así, en el año 1497 la virgen se encontraba en una pequeña ermita en Malpaso y desde este santuario fue trasladada a la Vega de Río Palmas, hacia el año 1568, para ser colocada en la primera ermita que se levantó en su honor en este paraje. En ella permaneció hasta el año 1716, en que se bendijo el nuevo templo, que es el que se conserva en la actualidad.
Patrona de la isla.
La devoción a la Virgen de La Peña alcanzó muy pronto una gran difusión en toda la isla, recibiendo un fuerte impulso hacia la segunda mitad del siglo XVII, con la aparición de una obra titulada Diálogo Histórico en que se describe la maravillosa tradición y aparecimiento de la Santísima Imagen de Nuestra Señora de La Peña, que ha sido atribuida al Síndico Personero General de la Isla D. Pedro Cabrera Dumpiérrez. Al parecer esta obra, escrita en verso, se representó en Betancuria hacia el año 1675, durante la celebración de una novena en honor de la Virgen de La Peña, impulsada por el Señor de la Isla D. Fernando Matías Arias y Saavedra, con objeto de que los vecinos de la isla la jurasen como patrona y abogada en Cabildo General Abierto.
En la actualidad no se conserva tal acuerdo cabildicio, pero el lugar prioritario que ocupa La Peña en las devociones de los majoreros desde aquellas fechas, parece indicar que este es el período histórico en que la imagen adquiere el rango de Patrona de Fuerteventura. Otro hecho que contribuyó a generalizar y consolidar esta devoción fue la aparición y difusión de las Coplas a la Virgen de La Peña, que se produce en el siglo XVIII.
La Virgen de La Peña, como Patrona de la isla y devoción principal de todos los majoreros, siempre ha ocupado un lugar relevante en las plegarias individuales de los devotos y también en las ceremonias de devoción colectivas. Así, desde el año 1626 están documentadas las numerosas rogativas, procesiones, novenarios y misas que los majoreros hacían a La Peña, para suplicar la clemencia del cielo cada vez que la enfermedad o la falta de lluvias sembraban la alarma entre la población. Las pertinaces sequías, tan frecuentes en la isla a lo largo de su historia, con sus secuelas de hambre, muertes por inanición y emigración, fueron las que en más ocasiones movieron a los fieles a sacar en andas a la Virgen de La Peña para pedirle la lluvia.
Pero las rogativas no fueron las únicas manifestaciones colectivas de fe que los majoreros dedicaron a su Patrona a lo largo del tiempo, pues desde muy antiguo se celebraron fiestas anuales en su honor.
La fiesta más antigua en honor de esta imagen es la del 18 de diciembre, día de la Expectación, cuya celebración consta documentalmente desde el año 1599.
Era costeada por el mayordomo de la ermita de La Peña y los actos religiosos consistían en cantos de vísperas y función solemne con sermón y procesión. A esta fiesta solían acudir gentes de toda la isla, aunque en los años lluviosos se reducía la asistencia por coincidir con la época de siembra y porque cuando corría el Barranco de Río Palmas, próximo a la ermita de La Peña, no se podía llegar al santuario. Estas circunstancias impulsaron a las autoridades religiosas de Fuerteventura a solicitar al Obispo el traslado de la fiesta para el 5 de agosto, día de las Nieves. El cambio fue autorizado por el prelado D. Lucas Conejero Molina en el año 1716 y con ello se comenzaron a celebrar dos festividades anuales en honor de La Peña, pues se inició la fiesta de agosto y continuó celebrándose la de diciembre, ambas permaneciendo hasta la actualidad.
La fiesta del 5 de agosto consistía fundamentalmente en la función religiosa, en la que se ponía de manifiesto la Divina Majestad, con autorización dada para ello por el Obispo Tavira en el año 1793.
Era una fiesta sufragada, mediante turnos, primero por las parroquias y luego por los ayuntamientos de la isla. Su celebración dependía de las circunstancias económicas de cada año, de tal manera que, en algunas ocasiones, la precariedad de recursos impedía su celebración. Pese a ello la fiesta de agosto se ha mantenido a lo largo del tiempo y en la actualidad continúa celebrándose con carácter local, denominándose "La Peña Chica".
Pero la fiesta principal en honor de La Peña es la romería que se celebra el tercer sábado del mes de septiembre. Esta romería nació en la década de los años ochenta del siglo XIX y tiene carácter insular.
La Romería.
La Romería a la Virgen de La Peña es el acontecimiento religioso-festivo más importante de la isla, en el que se ponen de manifiesto la devoción popular y las tradiciones culturales. Esta romería comenzó a celebrarse en la década de los años 80 del siglo XIX. Se desconoce con exactitud el año concreto en que se inicia, aunque un manuscrito del siglo XIX reseña la celebración de una romería a la Vega de Río Palmas en 1881, fecha que pudiera corresponder al momento histórico en que comienza esta fiesta de septiembre.
Lo cierto es que esta romería desde sus comienzos contó con una gran afluencia de peregrinos, quizás debido en parte a la propia fecha de su celebración, el tercer sábado de septiembre, período en que ya estaban finalizadas las labores de recogida de las cosechas, pues las autoridades eclesiásticas se quejaban de la poca afluencia de fieles a las fiestas de agosto y diciembre, precisamente por coincidir con las faenas del campo.
En la consolidación de esta romería de septiembre influyeron, sin duda, las iniciativas emprendidas por los párrocos y arcipreste de Fuerteventura, a raíz de la visita pastoral realizada a la isla por el Obispo D. José Pozuelo y Herrero en el año 1886. Este Prelado durante su visita expresó su preocupación por el olvido en que estaba cayendo la devoción a San Diego, que se traducía en la falta de limosnas y en el abandono de su santuario, hecho nada extraño si tenemos en cuenta que en los años 70 y comienzos de los 80 del siglo XIX Fuerteventura se debatía en la crisis más aguda de su historia contemporánea, y una población que carecía de recursos para alimentarse no podía ocuparse de costear los cultos y las reparaciones de los templos.
Ante esta situación de abandono del culto, el Obispo mandó al párroco de Betancuria que arbitrara los medios necesarios para fomentar la devoción a San Diego, que había tenido gran tradición en la isla.
Como respuesta a este mandato, los curas de Fuerteventura propusieron hacer una peregrinación de todas las parroquias de la isla a la ermita de San Diego, en el mes de noviembre de 1887, haciendo una función religiosa y recogiendo limosnas para reparar el santuario. El Obispo aceptó la propuesta pero consideró que la peregrinación debía ser permanente, es decir todos los años, y preparada y anunciada con mucha antelación para que asistieran muchos fieles y fuera creando costumbre en toda la isla. Así pues, el Prelado modificó sustancialmente la propuesta inicial de los párrocos majoreros, al establecer que la romería debía ser anual, perpetua y consolidarse como una costumbre general.
Este nuevo carácter de la peregrinación impulsó a los párrocos y al arcipreste de Fuerteventura a replantearse la misma, pues ya no se trataba de una celebración puntual sino de establecer una costumbre. Decidieron vincularla a la fiesta de La Peña de septiembre y para ello se reunieron en La Antigua el día primero de diciembre de 1887 y elaboraron un programa de iniciativas tendentes a fomentar la devoción a San Diego y a La Peña, como protectores y abogados de la isla. Acordaron que la romería se celebraría, para mayor concurrencia y comodidad de los fieles en el mes de septiembre, en los días jueves y viernes inmediatos anteriores al sábado en que se celebraba la fiesta de La Peña, en la que ya era costumbre llevar esta imagen en procesión hasta Betancuria. Así pues, para el desarrollo de la romería establecieron que el jueves los peregrinos del sur llevarían en procesión a la Virgen de La Peña hasta la Iglesia de Betancuria y los romeros del norte llevarían a San Diego a la misma Iglesia, celebrándose un sermón a la llegada de las imágenes. Al día siguiente se celebraría una función con panegírico y comunión general, se veneraría la reliquia de San Diego, se recogerían limosnas y se organizarían las procesiones para devolver las imágenes a sus respectivos santuarios.
El programa de iniciativas incluía también actos no religiosos, como la celebración de exámenes a los niños de todas las escuelas de la isla, premiando a los más destacados e instando al Obispo a que facilitara el acceso del más sobresaliente al Seminario conciliar; otros actos eran la exposición de objetos y labores donados por los peregrinos para un bazar en obsequio de San Diego, la entrega de diplomas de honor a las personas que hubiesen destacado en el plantío de árboles y la celebración de una velada literaria-musical. También se proponía la creación de una asociación o liga parroquial, bajo la advocación de la Virgen de la Peña y San Diego, con objeto de conseguir la unión de los párrocos, ayuntamientos y demás autoridades locales para atender el bien moral y espiritual de la isla.
Este amplio programa fue expuesto al obispo, que si bien se mostró conforme con la intención del mismo, consideró que era excesivamente detallado. Con gran visión de futuro, el Prelado comunicó a los curas majoreros que no debían acordar lo que tenía visos de imposibilidad. Consideraba que si bien era cierto que para crear costumbre la romería debía celebrarse todos los años de la misma manera, en los primeros años, que eran de ensayo, no debía establecerse nada definitivo sino promover, aconsejar y favorecer la peregrinación; los detalles de cada edición de la romería se establecerían cada año.
Con respecto a los actos no religiosos indicaba que estaban fuera de las facultades de las autoridades eclesiásticas y que no era fácil que todas las autoridades civiles de la isla acordaran celebrarlos siempre, por lo que, a su juicio, eran cosas para ser aconsejadas, promovidas y celebradas cuando concurrieran circunstancias favorables, pero de ninguna manera se podían establecer y mandar con carácter perpetuo.
El paso del tiempo dio la razón al Obispo pues aquella romería a Betancuria con la Virgen de La Peña y San Diego no logró convertirse en costumbre, si bien, la iniciativa influyó en la consolidación de la Romería a la Virgen de La Peña en Vega de Río Palmas, que sí logro convertirse en tradición. Esta fiesta de septiembre desde su nacimiento y hasta la actualidad se ha caracterizado por la gran concurrencia de gentes.
A ella acuden romeros de todos los rincones de Fuerteventura y hasta fechas relativamente recientes también de Lanzarote, movidos por la devoción, para pagar promesas, para pedir gracias a la Patrona y para participar en los actos religiosos y lúdico-festivos que se organizan durante los días que dura la fiesta.
Actualmente son muchas las personas que se desplazan en automóvil hasta el santuario de La Peña el mismo sábado, y desde hace unos años se organiza una concentración en el pueblo de La Antigua, desde donde inician la marcha a pie el viernes por la noche, portando antorchas e instrumentos musicales y entonando canciones, hasta llegar al santuario de La Peña hacia la medianoche.
Pero la tradición, que continua hasta la actualidad, es que los peregrinos comiencen la marcha el viernes, es decir, la víspera, desde sus lugares de residencia, generalmente formando grupos, acompañados de timples y guitarras, cantando canciones tradicionales y las Coplas a la Virgen de La Peña, desplazándose a pie o a lomos de burros o camellos, siguiendo los caminos públicos, veredas y atajos.
Los trayectos a recorrer por los peregrinos de las zonas del norte y sur de la isla eran muy largos, por lo que hasta hace unas décadas cuando la romería se hacía mayoritariamente a pie, se realizaban paradas, casi siempre durante la noche, en las que además de descansar se improvisaban bailes, cantos y juegos populares.
Era frecuente que al avistar la ermita de La Peña, desde las montañas y valles que la rodean, comenzaran las penitencias para pagar las promesas ofrecidas a la virgen, como andar descalzos o sin camisa hasta llegar a la plaza de la iglesia, donde algunos romeros continuaban la marcha de rodillas hasta los pies de la imagen, o recorran varias veces, también de rodillas, el pasillo existente entre la puerta principal de la ermita y la imagen de la Patrona; siempre murmurando oraciones.
Los romeros van llegando al santuario a lo largo de toda la noche del viernes y durante la mañana del sábado, provistos hasta hace unos años de la comida del día, que tomaban en los alrededores de la ermita o bajo los tarajales del barranco próximo. Para descansar también se podrán dirigir a las "celdas de los romeros", situadas cerca de la ermita.
Los actos religiosos comienzan la noche del viernes con las misas del peregrino, que se celebran a varias horas y continúan el sábado con la función religiosa en la hora del mediodía, la procesión con la imagen de la virgen por las inmediaciones de la ermita y las ofrendas a la virgen de todos los municipios de la isla.
Las celebraciones festivas también se inician la víspera; en la plaza y alrededores de la ermita se colocan los típicos ventorrillos en los que se pueden degustar quesos, carnes, pescados secos, vino, ron, etc., y se improvisan parrandas que entonan isas, folías, malagueñas y polcas, acompañadas del rasgueo de guitarras, timples, bandurrias y violines.
Además se celebran verbenas, luchadas, exhibiciones de rondallas, desfiles de carrozas, actuaciones musicales y actividades culturales.
Hasta hace unas pocas décadas se celebraban también concursos de malagueñas, competiciones de pelota mano, carreras de burros y se cantaban Aires de Lima.
En la actualidad esta romería concentra a un gran número de personas, en un encuentro insular en torno a la Virgen de La Peña, en que se mezclan fe y diversión.
La Virgen de La Peña y la Romería anual en su honor constituyen uno de los símbolos culturales más importantes de Fuerteventura. Es una tradición popular de ámbito insular, con un gran arraigo en la población con gran diversidad de valores sociales, religiosos y culturales, y corno tal, es merecedora de su declaración como Bien de Interés Cultural de ámbito insular.

GÉNEROS FOLKLÓRICOS DE CANARIAS: SORONDONGOS


 
MANUEL GONZALEZ ORTEGA "El Sorondongo" Centro de la Cultura Popular Canaria, primera edición octubre de 1995 I.S.B.N. 84-7926-192-7

SOBRE LAS MÚSICAS Y TEXTOS DE LOS SORONDONGOS CANARIOS

a) Gran Canaria/Lanzarote

En Gran Canaria el sorondongo debió practicarse, fundamentalmente, en las velas de parida, aunque también encontramos variantes en algunas canciones infantiles de la isla. Las informaciones que poseemos permiten acercarnos a versiones, ya extinguidas en su práctica, procedentes del Sur y del Noroeste de la isla. Sobre esta última se produjo un proceso de recreación muy curioso, que la ha convertido en uno de los más representativos géneros folclóricos de otra isla, Lanzarote. Pero pasemos a consignar las versiones de Agüimes y El Carrizal.

La versión agüimense se desarrolla en torno a un círculo estático de hombres y mujeres alternados que sólo cantan y que, además, palmean los tiempos fuertes del compás. Dentro del ruedo, una chica baila describiendo un círculo sin fin, pasando por delante de todos los componentes del corro. En el memento en que éste canta "salga usted", ella se para ante el chico de su preferencia y le invita con gestos a que se incorpore a danzar con ella. Entra él en el círculo y bailan juntos hasta que el coro cante nuevamente "salga usted". Entonces se incorpora la chica al coro estático y es él quien escoge a otra chica de su preferencia para bailar con ella y así sucesiva y alternativamente. La danza termina cuando todos han bailado.

De la misma zona conocemos otro ejemplo con mínimas variantes con respecto al anterior, por lo que incluimos una segunda parte que hace las veces de estnbillo3.

Ejemplo 1. a:

El soromondongo,
morongo del fraile,
para que saque
su amante al baile.
El soromondongo
no lo sabía yo
solo una viejita
que me lo enseñó.
El soromondongo
vino de afuera
porque lo trajo
la majorera.
Y salga usted,
y salga usted,
y salga usted
que la quiero ver
saltar y brincar,
correr y volar.

Recogimos el segundo ejemplo de labios de las responsables de la antigua Sección Femenina de Ingenio, Aurora Cruz y M" Luisa Artiles, que aún mantienen un grupo folclórico y un señero taller de bordados artesanos. Según nuestras informantes, se bailaba también en las velas de parida, aunque cuando se montó el grupo de la Sección Femenina en el pueblo con repertorio de la música tradicional de la zona, se prescindió del sorondongo porque lo consideraban un tema demasiado simple5. La estructura coreográfica de esta versión es la misma que la de anteriores ejemplos.

Ejemplo 2:

Estos palomitos
se están arrullando,
la paja del nido
la están preparando.
Salga usted,
salga usted,
saltar y brincar,
correr y volar.
Ya salió, ya salió,
la madre abadesa
con el solimón·

La que describimos a continuación forma parte del cancionero infantil de la isla. De Santa Lucía de Tirajana tenemos noticias sobre su practica como juego de niñas bajo el nombre de la señorita X. Esta versión nos habla de dos filas enfrentadas, con una niña a su centro que salta al compás de la música con los brazos a la cintura y, a la orden de "salga usted", saca a una de las alineadas para que la acompañe en el centro; a continuaci6n, bailan juntas intercambiándose las posiciones al enredarse sus brazos derechos hasta que la ultima en salir deja a la primera en su sitio, volviendo a bailar sola y, a la nueva orden, sacar a otra. Mientras, sus compañeras tocan las palmas marcando las partes del compás.

Ejemplo 3:

La señorita Juana
que tan creída está,
se va a morir de pena
de tanto pensar.
Si piensa en su novio,
su novio la querrá,
la señorita Juana
de pena morirá.
A ella le daremos
una taza de té
y a él le daremos
una taza de café.
Salga usted
que la quiero ver bailar,
saltar y brincar,
dar vueltas al aire.

Como cristalizó su práctica en la isla de Lanzarote, convirtiéndose en uno de los géneros más populares entre las agrupaciones folclóricas de la isla, ya ha sido comentado en diversas publicaciones por investigadores locales7. La primera formación musical dedicada semiprofesionalmente a interpretar algunos géneros del folclore lanzaroteño, la 'Ajei', fue fundada poco después de nuestra Guerra Civil por un grancanario emigrado al pueblo lanzaroteño de San Bartolomé, donde regentó durante muchos años un molino. José: María

Gil, que así se Ilamaba este eximio folclorista, tocaba varios instrumentos, entre ellos el violín. Como motivo de distracción se le ocurrió montar con la 'Ajei' una antigua canción que recordaba vagamente de la infancia en su Gáldar natal. De esta guisa explicaba sus recuerdos sobre el sorondongo a la musicóloga canaria Lola de La Torre:

"Lugar donde oí el Sorondongo: siendo yo un chiquillo, en una última, en la que se acostumbraba hacer juegos de prendas con trabalenguas, bailar y cantar. No era costumbre generalizada cantar dicha canción. Un gracioso lo bailó con una sola pareja que la remudaba con las otras chicas que estaban sentadas. Le acompañaban con bandurria, timple y guitarra. Recuerdo solamente dos o tres estrofas, las otras las compuse yo. Eran estas:

El sorondongo,
mondongo del fraile,
que salga la niña,
que entre y lo baile.
Estos dos pichones
se están arrullando,
la paja del nido
la están 'ajuntando'.
Mi padre San Diego
de Buenaventura
vino de España
pa Fuerteventura.

Olvidé decir que esto fue en Gáldar, que allí nací yo y allí pasé mis primeros años. La música no la olvidé por tener casi las mismas modulaciones que lo que se tocaba en los intermedios de las 'Misas de Luz' acompañada con el órgano, panderos, espadas Y castañuelas, en la iglesia de Gáldar...

El carismático folclorista escribiría algunas letras de sorondongo tan celebradas como la de los platillos volantes o la de los marineros. La 'Ajei', premiada con varios e importantes premios promovidos por la Sección Femenina, aprovecharía un viaje a la Península en los anos cincuenta para grabar algunos temas de su repertorio entre los que se incluyó el sorondongo,. La influencia del medio discográfico amplió la popularización de esta versión.

Si el sorondongo existió, como baile y canción antes de la recreación llevada a cabo por Gil, es algo que no hemos podido constatar debido a la escasez de estudios sobre el folclore musical de la isla, aunque sí hemos obtenido alguna versión del juego infantil; sin embargo sabemos que la estructura coreográfica del sorondongo que hoy bailan los grupos lanzaroteños fue producto de una recreación. Como nos recordaba don José María, su versión tenía cierta semejanza con la música que aún hoy interpretan los ranchos de pascua en algunos pueblos del Archipiélago, acentuada en este caso por el modo de interpretación que dan los lanzaroteños a los géneros musicales de su cancionero tradicional. Quisiéramos llamar la atención sobre este punto, a raíz de escuchar al rancho de pascua de San Bartolomé. Se interpretan en esta manifestación musical un ciclo de canciones tradicionales relacionadas con el corpus de lírica navideña popular de Canarias. Los textos que alli se cantan, romances religiosos dieciochescos, se pueden dividir en cuanto a sus respectivas músicas en tres motives; aunque todas pertenecen a la órbita musical de los ranchos de ánimas y de pascuas canarios, la melodía más usada, que acompaña al tema El Mesías y otros, tiene mucho que ver con el sorondongo de Gil. Veamos el motivo que interpretan el coro y los instrumentos cantantes (en este caso, mandolinas y iaUdes), ya que el solista realiza pequeñas variaciones que no difieren sustancialmente del esquema melodico central, tan cercano al sorondongo de Gil.

b) La Palma

Del folclore infantil palmero sólo hemos podido estudiar un ejemplo procedente del pueblo de Mazo, teniendo noticia de otras versiones conocidas por los niños palmeros, al menos hasta los años cincuenta, que también se encuentran presentes en otras islas. Su desarrollo coreográfico es el mismo que el de nuestro ejemplo nº 3.

Ejemplo n" 6:

La señorita Berta
ha entrado en eI baiIe,
que lo baile, que Io baiie, que lo baile,y si no lo baila
medio cuartillo pague,
que lo pague, que lo pague, que lo pague.
Que salga usted,
que la quiero ver bailar,
correr y saltar
y andar por los aires,
por lo bien que lo baila esa moza
dejenla sola, sola en el baile.

c) Fuerteventura

En Fuerteventura, la isla del Archipiélago más cercana al continente africano, la agrupación folclórica 'La Oliva', liderada por el veterano cantador Esteban Ramírez, graba en 1972 un sorondongo'4 Transcribimos el mismo junto a algunas consideraciones que realizó nuestro amigo sobre el sorondongo de 'La Oliva' cuando lo entrevistamos en 1985:

"La berlina y el sorondongo los vi bailar en un baile de velorios. Tendría yo 17 años. Engañamos, jugando al molinillo, a una pareja de viejos que lo sabía bailar; se lo pusimos como castigo por perder el juego y aprendimos la música tarareándola. En los años 50, cuando hicimos la rondalla, la montamos"

El sorondongo, mondongo del fraile
lo manda el rey que lo baile.Y salga usted, y salga usted,
y salga usted que la quiero ver
saltar y brincar por los aires,
que éste es el sorondongo del fraile.Busque compaña, busque compaña
porque a esta niña le gusta la caña.
Déjela sola, sola bailando,
porque a esta niña le gusta el fandango.

Del mismo pueblo, hemos recabado el testimonio de otros vecinos que aportaron alguna novedad a la versión más conocida. A raíz de una recolección de materiales sobre el folclore majorero que emprendimos hace años, incluimos en las encuestas realizadas algunas preguntas que contrastaran la información anterior. Conocíamos otro testimonio publicado años atrás:

"El sorondongo no era baile de salón; ése es el baile que se bailaba cuando la mujer daba a luz... Bailes y juegos todos los días, hasta el bautizo. Entonces se hacía una gran fiesta y se bailaban el sorondongo y los aires de lima"

Las versiones que hemos recolectado coinciden, aunque con variantes, con la grabada por La Oliva, aunque esta última se hizo con acompañamiento instrumental (laúd, bandurria, timple y guitarra), poco común en el baile según las informaciones que años después obtuvimos. También observamos que en otras zonas de la isla al género se le conocía bajo el nombre de jeringonsa o jiringonsa, por lo que es el único lugar de las islas donde hemos podido constatar que se haya conservado con esta voz. El desarrollo coreográfico era el mismo que hemos reseñado anteriormente para Gran Canaria, ya sea en la figura de corro como en la de filas enfrentadas, y su interpretación estaba unida a los juegos de prendas y a los aires de lima. Como después veremos, los sorondongos de Fuerteventura son, desde un punto de vista etnomusicológico, uno de los ejemplos más interesantes del género en Canarias. Veamos otro testimonio de la misma isla, con ligeras variantes con el transcrito anteriormente.

Vola que vola, sigan volando
Porque a esta niña le gusta el fandango
Déjenla sola, sola bailando,
porque a esta niña le gusta el fandango.
Y salga usted que la quiero ver
saltar y brincar por el aire
que esta es la jeringonza del fraile.

También hemos recogido ejemplos provenientes del cancionero infantil majorero. La que transcribimos a continuación es una versión que cantaban los niños de La Antigua y se conocía con el nombre de solita y sola. Este baile de niños contiene algunas peculiaridades que merecen ser señaladas: iniciándose en corro, éste se deshace en el verse noveno ("Busque compaña"), formándose dos filas enfrentadas, mientras la niña que estaba en el centro de la rueda corretea entre las filas; cuando le toca sacar a una compañera, ambas bailan con las manos en las caderas y luego vuelve a empezar el baile, formándose nuevamente un corro en torno a la niña de recambio. Este baile también se practicaba en la versión más simple de las filas enfrentadas. Vemos que en su texto aparecen algunas incorporaciones a los versos que ya conocíamos. La segunda transcripción se cantaba saltando a la soga y, como veremos, aparece la voz jeringonza, ajena a las versiones infantiles canarias que hemos logrado reunir.

Ejemplo n" 9:

Solita y sola, sola bailando
porque a esta niña le gusta el fandango,
porque la quiero ver bailando
solita y sola, sola bailando
como los erizos en el mar.
Sacar compaña de buena gana,
como los peces debajo el agua
porque la quiero ver bailando...

d) El Hierro

De otra de nuestras islas, El Hierro, con uno de los cancioneros más antiguos e interesantes del Archipiélago, ya teníamos noticias sobre el tema que nos ocupa gracias a un trabajo sobre el folclore musical herreño publicado en 1947 por Sebastián Jiménez Sánchez22. Incluye el autor una descripción sobre una danza que en la isla se conoce por el nombre de baile del flaire. Extractamos lo más interesante:

"Se baila en reuniones públicas y populares, por parejas sueltas y a golpe de tambor. Su baile se constriñe a una serie de balanceos, movimientos de brazos, ligeros giros, etc.

Este es el baile del Flaire
que lo manda el rey al padre
que salga la dama al baile
que la quiero ver bailar
saltar y brincar, volar por el aire
que la dejen sola y se largue".

Aunque desgraciadamente no acompaña la descripción de la danza con transcripción de su música, completa su comentario sobre aquélla añadiendo que era costumbre que se interpretasen otras coplas a su terminación y que, según el autor, son cantadas con el siguiente estribillo:

El sorondongo, mondongo del flaire
manda el rey que lo baile
que lo baile y que lo brinque
y que lo vuele por el aire.

Dos decenios más tarde contaremos con el testimonio de una de las más significativas voces de la isla. Valentina Hernández, que en 1967 cantó una tonada del baile del flaire a Lothar Siemens

Este es el baile del fraile,
que le manda el rey al padre
que saque la niña al baile,
que la quiere ver bailar,
saltar y brincar y volar por el aire
que la deje sola y que se largue.

Aunque emparentada con otras melodías del cancionero herreño que nada tienen que ver con los sorondongos de otras islas, es evidente que estamos hablando de la misma danza. Conocemos otro testimonio recogido por Lorenzo Perera en el pueblo herreño de El Pinar donde, acompañada de voz y tambor, la canción era interpretada también por un corro, interviniendo dentro de él una pareja en la que "el varón dejaba a la mujer sola y ésta sacaba a otro a bailar... bailaban de un lado a otro" pasando el hombre "de acá pa allá y brincando". Para el investigador tinerfeño existe cierto paralelismo entre la libertad de elegir pareja que uno quisiese y una serie de atávicos comportamientos enmarcados dentro de las actividades relacionadas con el mundo pastoril, histórica ocupación laboral de los habitantes de la isla; endeble argumento si, como después veremos, el derrotero de este baile nos lleva a otras tierras que poco tienen que ver con el pastoreo. De lo que no hay duda es que el baile del flaire herreño, con esos brincos del hombre hacia la mujer de los que también nos hablara José María Gil, es una variante mas, al menos en lo que se refiere a sus textos y baile, de los sorondongos canarios. He aquí, pues, la versión que recoge Perera:

Éste es el baile del flaire que le manda el rey al padre que saque la hija al baile, que le gusta ver bailar, saltar y brincar por el aire, que la dejen sola y se largue.

Las versiones que hemos podido compilar en esta isla pertenecen al folclore infantil. En 1944 Cuscoy nos hace Ilegar la letra de una canción titulada La que ha entrado al baile, ofreciéndonos, además, una detallada explicación sobre el sencillo desarrollo coreográfico de la misma, que no difiere de la mayor parte de las aquí estudiadas27. Mª Rosa Alonso, en un comentario a la obra anterior, recuerda haber cantado en su niñez algunos de esos verses en una canción que Ilevaba por título La violeta28. Como ninguno de los autores reseñados se ocupan de la música que acompaña a los textos que nos hacen Ilegar, hicimos algunas pesquisas. Cuatro de ellas dieron resultado positivo: nuestra primera informante fue Olga Ramos, carismática cantora de música tradicional canaria perteneciente a una de las sagas de mayor prestigio en el ambiente folclórico de las Islas. Olga, que nació y vivió su primerajuventud en La Punta del Hidalgo, recuerda que entre los juegos infantiles que practicaba con sus amigas se encontraba la canción recogida por Cuscoy y Alonso. Su música es idéntica, salve mínimas variantes, a la consignada por nosotros en el ejemplo n" 6. Su letra, igual a la recogida por Cuscoy y similar a la del ejemplo reseñado, es esta:

Ejemplo n" 13

La señorita X
que ha entrado en el baile,
que lo baile, que lo baile.
Y si no lo baila
le da un cuartillo de agua,
que lo pague, que lo pague.
Que salga usted, que la quiero ver bailar,
saltar, brincar y andar por los aires,
por lo bien que lo baila la moza,
déjenla sola, sola en el baile.

Otras versiones, prácticamente iguales a la anterior, nos ofrecen indicios sobre la extensión geográfica del género en su vinculación al cancionero infantil tinerfeño. De las que hemos visto hasta ahora se puede destacar que las versiones infantiles de la canción estudiada se conservan en mayor número y con una homogeneización en sus textos, músicas y bailes mayor que las de los adultos. En todo caso, es evidente que nos encontramos ante un género prácticamente extinguido, "rescatado" en algunas de sus versiones a través de recreaciones que los han vuelto a popularizar por otros canales que poco tienen que ver con la tradición oral que históricamente las sustentó.

Apuntes cedidos a sus alumunos por la Escuela Municipal de Etnografía y Folklore del Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.

Sorondongo de Fuerteventura.- Los sorondongos o "jerigonzas", como también se conocen en las Canarias orientales, estuvieron muy extendidos desde el siglo XVIII en todas las islas, adonde llegaron procedentes de Andalucía. Actualmente, y salvo en Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura, en el resto de las islas perviven incorporados al cancionero infantil. La danza de tipo "suelto", es muy vibrante, exigiendo grandes condiciones a los bailarines. Compás ternario.

Sorondongo de Lanzarote.- D. José María Gil, músico popular natural de Galdar (Gran Canaria) afincado en Lanzarote en los años 50, introdujo la música del sorondongo que se interpretaba en el noroeste de Gran Canaria (la danza se había perdido en esa zona, aunque se conservaba en otras) a traves de la agrupación lanzaroteña "Ajei", donde se le incorporó una danza basada en los pasos de las seguidillas conejeras, por lo que puede considerarse una danza de reciente implantación, fruto de la recreación. Compás ternario.

Extraido del CD "herencias", del Grupo Folklorico Añate, producido por el Centro de la Cultura Popular Canaria, con el patrocinio del Cabildo Insular de Tenerife y el Gobierno de Canarias - SOCAEM.- CCPC-CD266

Sorondongo (La Victoria de Acentejo).- Esta pieza viene a presentar un claro ejemplo de como algunos géneros tradicionales se nutren principalmente del folklore infantil, concretamente y en este caso, del juego de "La que ha entrado en el baile" o "La Violeta", más conocido en la zona de Acentejo como "La Señorita Celia"

La Manera en que este juego se convirtió en danza de mayores viene a explicarse de la siguietne forma: Al parecer, en el siglo XVI se extiende por toda la península un juego que en Asturias va a convertirse en la canción que acompaña a la danza denominada "La Gerigonsa", pasando a llamarse en Andalucia "La Gerigonza del Fraile". Fruto de su proximidad con el Zorongo, también andaluz, pasa a las islas con el nombre de "El Zorondongo del Fraile", derivando en los términos "sorondongo" en las tres islas orientales y "El Flaire" en El Hierro, y que parece ser el predecesor de las diferentes variantes del Sorondongo canario.

Precisamente del Zorongo, existen restos de coplas canarias, que en unos casos, han llegado a convertirse en estribillos de isas ( Ay sorongo, sorongo...), y en otros llegan a formar parte del romancero tradicional, como así presentan las letras de las versiones majoreras y conejeras del Sorondongo.

Aunque el sorondongo haya estado siempre identificado con las islas citadas anteriormente, no se puede negar la existencia de este esquema musical en Tenerife, y así lo pone de manifiesto esta versión rescatada por "Añate". De los contactos con algunos viejos de la comarca, se deduce la existnecia de una pieza llamada "El Sorondongo" de similar estructura y melodía que el juego infantil antes citado y de la que D. Manuel Pérez Corona (1899-1987), informaba con detalle.

Se trata de un baile que no se practicaba desde hacía unos 75 años, en la fecha en la que fue recogido (1985) y que sólo lo hacían las mujeres (de igual forma que una versión encontrada en el pueblo de La Oliva, en Fuerteventura), cuando los bailes iban llegando a su fin. De esta forma, demostraban a los hombres su capacidad de aguante, mientras, éstos ya daban por acabada la fiesta.

La dinamica del baile presenta una gran similitud con el resto de las versiones expuestas anteriormente, ya que se pone de manifiesto la libertad de elegir, en un corro, la compañera que se quiera para relevar la danza (tal como se ve en "El Flaire", o en el sentido de la antigua "Gerigonza"). Las bailadoras deben seguir las indicaciones de los cantadores: saltar, brincar, dar vueltas por el aire, sacar una dama y dejarla sola en el baile, estableciéndose así un esquema que permite bailar una mujer en cada estrofa.





Fuimos de los primeros en darnos cuenta que los sorondongos que aún se conservan en las islas orientales (con una mayor vitalidad en Lanzarote y Fuerteventura) no son otra cosa que derivaciones de la célebre jeringonza, danza cantada que ya figura con este nombre en las Ensaladas, de Mateo Flecha “el Viejo” (1481-1553). Dos años antes de la publicación del excelente trabajo de Manuel González Ortega, titulado “El sorondongo: una versión canaria de la jeringonza” (Revista de Musicología, Vol. XV, núm. 1, Madrid 1993), habíamos escrito en “Apuntes sobre canción popular” (Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas, 1991):

“Señala Lothar Siemens, este valioso musicólogo que tenemos en las Islas, que “el poder documentar con un testimonio musical del siglo XVIII una melodía popular actual, es un rarísimo lujo”.

Se refería Siemens a una bella melodía pastoril que recogió Luis Cobiella Cuevas en su isla palmera, y que pertenece nada menos que a Diego Durón, maestro de capilla de la catedral de Las Palmas. Además de este ejemplo que aporta Siemens como rarísimo lujo, conviene precisar que existen más casos en el folclore musical canario, incluso con antecedentes más antiguos. Así tenemos lo que Torner consideró como “uno de los casos que mayor interés puede ofrecer al folclorista, pues vemos cómo un tema del siglo XVI persiste en la tradición actual con un área de extensión que abarca la mayor parte de la geografía hispana”, escribió el gran musicólogo asturiano en su La canción tradicional española, Ed. Alberto Martín, Barcelona, 1944.

Tema que no es otro que la popular y muy divulgada Jerigonza del Fraile, de la que tenemos en nuestro Archipiélago un buen puñado de versiones, desde los sorondongos majoreros y conejeros hasta El flaire herreño, pasando por la conocida canción infantil La Violeta, muy especialmente la que recogió María Rosa Alonso en su libro sobre Punta del Hidalgo. Nada menos que cuatro siglos nos contemplan cada vez que escuchamos, cantamos o bailamos aquello de y salga usted / que la quiero ver / saltar y brincar por el aire / esto es el sorondongo del fraile.

Estos versos que corresponden al sorondongo majorero parecen un calco de los que aparecen en “La tía Totana”, una jeringonza que recoge María Dolores de Torres en su “Cancionero de Jaén” (Instituto de Estudios Jiennenses, 1972). Si a ellos añadimos los de la cancioncilla infantil “Ha entrado en el baile” (déjala sola / que lo baile / déjala sola bailando / que a mi niña le gusta el fandango), más el final del tema de “Mi morena Juana” (bola bolaina / saca compaña), tendremos casi al completo el sorondongo de Fuerteventura, según la versión conocida de la Agrupación de La Oliva. Todos sus antecedentes, como hemos dicho, están en el citado Cancionero jiennense, si bien las jeringonzas andan un poco por todas partes, como señaló Eduardo M. Torner y tendremos ocasión de comprobar a medida que nos vayamos introduciendo en tan apasionante cuestión folclórica.

Esta referencia de jeringonza que nos ofrece Mateo Flecha (incluso anterior a la de Fuenllana) ya contiene la invitación a bailar y saltar, amén de citar el nombre con que, posteriormente, quedaría bautizado el género. Veamos los versos: ¡Saltar y bailar / con voces y grita! / Y vos renegar / serpiente maldita. / La Virgen bendita / os hace baylar / a la girigonza. Es sólo el fragmento de un largo texto titulado El jubilate, acompañado de la correspondiente partitura.

Posiblemente canto y danza tuvieron que ver inicialmente con alguna celebración de carácter religioso. En Andalucía, según Torner, existe una versión llamada La jerigonza del fraile que se cantaba y bailaba por Navidad, especialmente en Sevilla. No intervenían niños, sino personas adultas. Si a ello unimos esa alusión a la Virgen bendita que realiza Flecha, en un poema que lleva un título en consonancia con la trama desarrollada (El jubilate), no parece descabellada la apreciación de Torner cuando deduce que el baile pudo haber tenido antigua relación con ritos religiosos.

Adolfo Osta recoge en su disco Pare el agoa (Canciones de trovadores, juglares y músicos de Palacio, Saga KDP-10.907, núm. 13) el fragmento citado de Mateo Flecha, con el título de Jeringonza. De aquí a los sorondongos canarios media un largo trecho, que intentaremos analizar en próximas entregas.





Elfidio Alonso

Esta palabra tan deformada por unos y otros, que da nombre a un género musical que tiene sus raíces en el siglo XVI, no cuenta con arraigo en Canarias, tanto en su modalidad festiva y pícara como en esa vertiente religiosa que ha presumido Torner cuando repara en los versos que se refieren a la Virgen bendita, según la ya citada Ensalada de Mateo Flecha. Están más que claras sus variantes y deformaciones, como lo demuestra la relación que ofrecemos:

En Cataluña: cariñosa, caringosa y carrigosa. Cáceres: cirigoncia. Sevilla, Granada y León: Jerigonza. Asturias, Salamanca, Teruel y Logroño: jerigonsa o jerigonza. Toledo: jeringoncia y laranza. Ciudad Real y Murcia: jeringonza. Cádiz: jeringoza. Badajoz: jirigoncia. Burgos: peringosa y trepeletré.

En Canarias el término carece de tradición y no figura en los diccionarios dialectales, tan profusos y repetitivos. Lo mismo sucede con nuestros más reputados folcloristas, que no incluyen variantes de jeringonzas ni siquiera dentro de la temática y moldes del cancionero infantil, aunque Cuscoy, sin utilizar el nombre o alguna de las deformaciones, recogió una versión en Tenerife (1944), con el título de La que ha entrado en el baile. También nos hemos referido a la cancioncilla La violeta, que recogió María Rosa Alonso en Punta del Hidalgo, de factura muy semejante a la anterior.

A lo largo de los años –y tal vez de los siglos–, la jeringonza sufrió innumerables transformaciones, no sólo en lo referente a su nombre, como hemos visto, sino también en relación con su funcionalidad como baile cantado. Del contenido religioso que seguramente engendró el entretenimiento infantil, este género pasaría más tarde a convertirse en un vehículo contestatario en manos de los bajos fondos y del populacho, como así parece indicar el sentido etimológico que nos ofrece Corominas sobre tal nombre: jerigonza de jerga. En 1335 significaría “tela gruesa y tosca”, del latín serica (paño de seda). Y en 1734 viene a ser todo lenguaje difícil de comprender, del francés antiguo jargón (gorjeo de los pájaros). De ahí su aplicación a toda habla incomprensible.

Estas últimas acepciones son las que recoge actualmente el Diccionario de la Real Academia: 1) Habla especial y enrevesada, extraña a la lengua común. 2) Lenguaje difícil de entender. 3) Acción extraña y ridícula.

La línea del entretenimiento infantil se ha mantenido en Canarias bajo los nombres indicados, con músicas muy similares a las que se siguen cantando en la Península. Es posiblemente la más antigua y vigente, también por lo que se refiere a América Latina, como comprobaremos más adelante. En cuanto a la puesta en solfa de los valores religiosos, a través de la jerga y de tergiversaciones maliciosas (matiz que también pertenece a Corominas), la jeringonza perdería notoriedad a favor del protagonismo que iba a adquirir el fraile, a partir del siglo XVIII.

En consecuencia, el nombre primigenio comienza a perder arraigo a favor de títulos como La tonadilla del fraile, Danza del fraile o El fraile cornudo. En la isla de El Hierro aún se conserva el denominado baile de El flaire, con esta curiosa metátesis en su nombre. No es otra cosa que una variante de La violeta, como ya observó María Rosa Alonso en el análisis realizado sobre la versión recogida por Sebastián Jiménez Sánchez en la isla del Garoé.

No faltan ejemplos en los que se funden los dos nombres, como sucede en Sevilla con la citada Jerigonza del fraile, cantada por Navidad entre personas adultas, como ha señalado Torner en su intento de profundizar en el ascendente religioso del género, si bien la funcionalidad del baile cantado se presenta muy diversa y variopinta, desde su implantación en faenas agrícolas como la vendimia (típica en las zonas vinícolas de La Mancha, como Tomelloso, Valdepeñas y Alcázar de San Juan), hasta la costumbre de convertirse en rito durante las matazones de cochino.

No hay matanza sin mondongo. Estamos, por tanto, en la antesala de los sorondongos canarios. O del soromondongo, si ustedes prefieren.





Antes que nada conviene decir que, si bien en Canarias parece extraño el nombre de jeringonza (o cualquiera de los derivados y deformaciones que hemos citado), el término sorondongo es peculiar y privativo de nuestras Islas, aunque no aparezcan claras su etimología y procedencia. Es cierto que en América Latina se han formado voces como sirindongo, que cita Juan Liscano en relación con una danza venezolana que lleva este nombre: “En Venezuela abundan las designaciones de danzas con fonética parecida a las enumeradas por Carpentier con respecto a Cuba. Varios nombres pueden usarse para una misma danza o un aire determinado (...): Zambe, Serendengue o Sirindongo”, nos dice en su importante estudio Fuegos sagrados (Caracas, Monte Avila editores, 1990).

En consecuencia, lo más fácil sería atribuirle al término una procedencia afronegroide, llegado a Canarias de la mano de nuestros emigrantes, si no fuese que hasta el propio Fernando Ortiz pone en duda semejante hipótesis, diciendo: “Mondongo es originariamente un andalucismo, pero permítasenos el atrevimiento: bien pudiera derivarse del África, del lenguaje de los esclavos negros tan extendidos por Andalucía aún antes del descubrimiento de América. El hechizo ndongo reside siempre en el estómago de las personas hechizadas, y todas las enfermedades del estómago se atribuyen al ndongo”.

No está claro, por tanto, que el nombre haya entrado en las Islas de forma directa desde Cuba o Venezuela, ya que en las mismas Ensaladas de Mateo Flecha (de donde derivan las jeringonzas, como ya hemos visto) podemos encontrar, en pleno siglo XVI e incluso antes del descubrimiento de América, palabras y alocuciones de clara procedencia negroide, como sucede en la titulada La negrina, que contiene términos dignos de Nicolás Guillén: "San Sabeya/gugurumbé, alangandanga / gugurumbé, gurumbé”...

Por cierto: nuestro querido amigo Manuel González Ortega, autor de un magnífico estudio sobre jeringonzas y sorondongos, incurre en el error de atribuirle mayor antigüedad a la versión musical de Fuenllana (incluida en su famosa Orphénica lyra, Sevilla, 1554) que a la de Mateo Flecha, cuando, en realidad, ésta es anterior y le sirvió a Fuenllana de modelo, como las otras dos ensaladas que adaptó para vihuela. Según Romeu, Flecha escribe su obra en un período aproximado de diez años (1534-35-1543), mientras que la recreación de Fuenllana es bastante posterior.

Como se sabe, las ensaladas fueron canciones que nacieron para satisfacer los gustos de la nobleza, entre ellos los de Felipe II y las infantas. De ahí que Fuenllana, como señala Higinio Anglés, adaptase tres de ellas para vihuela, a pesar de sus grandes dimensiones. Otro buen ejemplo para refrendar que lo folclórico fue primero aristocrático, como ha venido manteniendo Carlos Vega. De ahí que posteriormente las ensaladas, que fueron en esta época todo un cajón de sastre para mezclar rimas y metros de variada índole, amén de fragmentos pertenecientes a conocidos poemas, acabaran por convertirse en un arma crítica y desvergonzada en manos del populacho, cada vez que se pretendía poner en solfa a la religión (de ahí las numerosas alusiones al fraile cornudo) y a las clases poderosas.

El mondongo, como ya habíamos anunciado, está estrechamente conectado con la matazón del cochino. Es el ascendente que más nos parece relacionado con el nombre que se da en Canarias a este baile cantado, sobre todo en las Islas de Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura. Más problemático nos resulta emparentarlo con sirindango que, según Ortiz, es el nombre de un pájaro que vuela sin rumbo fijo y que no se posa. De ahí la frase de “andar como pájaro sirindango”.

Si ndongo es el causante de las enfermedades del estómago, y mondongo es el natural de una cierta región del Congo, según J.M. de la Torre, poco importa que el DRAE mantenga la acepción de “intestino y panza de las reses, especialmente los del cerdo”, porque los significados parecen idénticos. La teoría de Fernando Ortiz sobre el origen africano del término no nos parece un atrevimiento, sino toda una posibilidad que nadie puede atreverse a descartar.



 
No va a resultar fácil precisar por qué las jeringonzas en Canarias reciben el nombre de sorondongos, a menos que demos por descontado que el término adoptado en las Islas es una transculturación americana. Es decir: de la misma forma que la palabra jeringonza (o alguna de sus derivaciones) no figura en ningún compendio del léxico canario, el nombre de sorondongo también resulta desconocido para los peninsulares, como ya hemos constatado.

En los Diccionarios que recogen las formas dialectales del habla canaria no está clara la etimología del término sorondongo, ni menos aparece una posible procedencia a la hora de justificar la llegada del término a las Islas. Los autores especialistas se limitan a decir lo de “una variante de isa típica de San Bartolomé de Lanzarote” (O’Shanahan), o bien no pasan de un impreciso intento para definir este baile cantado como “típico de las islas de Lanzarote y Gran Canaria, que consiste en una serie de cuartetas, alternando un estribillo que comienza por la palabra sorondongo, al tiempo que los danzantes, en parejas sueltas, dan giros y saltos airosamente” (Marcial Morera).

También este último autor recoge el portuguesismo mondonguero como sinónimo de persona que se ocupa de oficios inmundos, pasando por alto el uso corriente de mondongo en el habla canaria, y también en ese citado estribillo repetitivo: “El sorondongo/mondongo del fraile”...

Tenga o no razón Fernando Ortiz, cuando presume una ascendencia afronegroide en la formación del término (ndongo es palabra que llevaron los esclavos negros a la Península, aún antes del descubrimiento de América), o bien en su acepción actual como andalucismo, mondongo ha tenido forzosamente que vincularse a la cancioncilla de la jeringonza peninsular en virtud de un acto posterior de adaptación. Es en este punto donde surge la gran duda: ¿llegó directamente desde la Península» ¿O fue añadido en las Islas bajo influencia americana o tal vez africana»

Vamos por partes, porque ambas posibilidades pudieron hasta coincidir y darse de manera simultánea. En primer lugar, es un hecho demostrado que la jeringonza era baile y canto obligado en las matazones de cochino, de la misma forma que, en un principio, pudo tener conexiones con otras festividades religiosas y profanas, como hemos visto en entregas anteriores. Así nos dice Agapito Marazuela, el gran folclorista segoviano, que la jeringonza “es canto y baile de matanza”. Y nos ofrece en su Cancionero de Castilla (Diputación de Madrid, 1981) una versión recogida en Valverde del Majano, que ya refleja los vituperios contra el fraile y las alusiones a la matanza del cerdo. Veamos los versos:

“Anda fraile cornudo / cornudo fraile / que desnudo, desnudo / sale a la calle. / Que lo quiero ver / correr, saltar /y brincar por el aire / contrimás chicharrones / más pringue sale”.

Cabe imaginar que si en estos versos se alude a los chicharrones, en otras letrillas bien pudo haber referencias al mondongo, máxime si la nueva funcionalidad de las jeringonzas era protagonizar, con canto y baile, las matazones de cochino, en las que el mondongo llegaba a adquirir un papel relevante, si pensamos en el proceso para secar las tripas y hacer las morcillas y los chorizos. Recordemos la versión canaria a través de los estribillos majoreros y conejeros: “El sorondongo / mondongo del fraile / que salga la niña / que entre y lo baile”.

Sin embargo, parece que no todas las jeringonzas peninsulares llegaron a adquirir esa funcionalidad como baile y canto amenizadores de las matanzas de cochino. Ya hemos visto cómo en Sevilla se mantiene el género musical en relación con la Navidad. Y lo mismo sucede en amplias zonas andaluzas, como nos cuenta José Manuel Fraile al comentar las dos versiones de jeringonzas recogidas en Jerez (“La tradición musical en España”, vol. 10, SAGA WKPD 10-2024). Dos versiones que respetan el modelo infantil de La Violeta, y que analizaremos en el siguiente capítulo.

Artículo aparecido en el periódico La Opinión de Tenerife, el sábado 27 de octubre de 2001, en la columna titulada Ten con Ten, escrita por D. Elfidio Alonso.

Saltar y brincar por los aires

Esta es la parte más antigua de la jeringonza de Mateo Flecha, cuya partitura original acompañamos, tomada de Las ensaladas transcritas por Higinio Anglés (Diputaci6n provincial de Barcelona, Biblioteca Central, 1955). En el transcurso de mas de cuatro siglos, este género de baile y canto ha sufrido innumerables transformaciones, desde un posible origen religioso, ya estudiado por Torner, hasta la más variada funcionalidad, siendo regocijo en las faenas de vendimia, como ocurre en tierras manchegas, o bien entretenimiento en las matazones de cochino (Valverde del Majano, Segovia).

Ha sido también un entretenimiento infantil que ha llegado intacto a nuestros días, tanto en la parte cantada come en su elemental coreografía, que es la simple consecuencia de invitar y sacar a bailar a la persona citada por su nombre. Una vez cumplido el primer ritual, la rueda continúa con la despedida de la persona que "entró en el baile" y la intervención de un nuevo bailarín o bailarina. Y así sucesivamente hasta el final.

Pero no es sólo un juego o baile para niños, sino que también los adultos han venido practicándolo, come bien destaca José Manuel Fraile a propósito de las dos versiones de jeringonzas recogidas en Jerez de la Frontera: "En este baile participan todos: los viejos que, condensada ya la sal de sus muchos años, apenas insinuaban los movimientos; los niños que, con la vida saltando en sus pies descalzos, empezaban así a aprender sin saberlo; y, por sobre todo, los mozos y mozas que galleaban la vehemencia del impulse amoroso". Añade este autor que siempre se repiten las mismas frases de invitación para hombre o mujer, cada vez que entran en el baile.

Por mucho que haya cambiado su denominación y funcionalidad, la jeringonza ha logrado mantener la mecánica del juego, como bien lo demuestran las especies que se conservan en la Península, en Canarias y en América Latina. En nuestras Islas, por ejemplo, se podrá llamar sorondongo o Flaire (Hierro); pero no falta en ninguna versión, por deformada que fuere, la inevitable alusión al baile y a saltar y brincar, come es fácil comprobar a través de los versos de las cancioncillas respectivas. Y esto viene directamente del modelo original, que no es otro que la jeringonza de Mateo Flecha.

Por lo que se refiere a América, está documentada su presencia en Chile, desde 1880, aunque se presuma una mayor antigüedad, como ha escrito Osvaldo Jaque Figueroa. Ha conservado su nombre primitivo de jeringonza, come ha sucedido en la Península, lo mismo que su sencilla coreografía: danza de pareja sola, en medio de una rueda que gira. Se canta sin acompañamiento, excepto con el batir de palmas. De ella emanan géneros infantiles come La niña Maria y Al príncipe del baile. La melodía se canta en modo mayor y en compás 6 por 8.

Salta a la vista que esta coreografía chilena, lo mismo que la versión uruguaya, difiere muy poco de la que se sigue practicando en nuestro país, tanto en la Península como en las Islas: corro de mozos y mozas que dan palmadas al son de la música o del canto, mientras una persona, o una pareja, ejecutan en el centro del corro lo que el texto cantado va narrando. Ritmo ternario, tonalidad mayor, aunque existan variantes y versiones binarias, mixtas e incluso en tono menor o bitonal, come ha escrito Emilio Rey.

Come se ve no existe un solo modelo musical para abarcar todas la especies de jeringonzas, como ya nos dio a entender Bonifacio Gil en su magnifico estudio La jeringonza en la actual tradición, en el que recoge nada menos que 34 versiones literarias y musicales. Esa misma variedad se produce en Canarias, donde textos y música difieren sustancialmente, come veremos en el próximo y último capitulo de esta serie dedicada a uno de los géneros folclóricos más antiguos que se conservan en nuestras Islas.

El Texto se acompaña de una imagen de la partitura original de la jerigonza de Mateo Flecha.



Si la voz jeringonza ha desaparecido en los diccionarios que, últimamente, han tratado de recoger el léxico canario, esta palabra no nos ha sido desconocida en otros tiempos, como lo prueba su presencia en la Colección de voces y frases provinciales de Canarias, del palmero Sebastián de Lugo. Como es sabido, esta obra que viene a ser el más antiguo de los vocabularios dialectales canarios, fue gestada antes de 1846, según nos dice José Pérez Vidal en el prólogo de la edición de 1946 (Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Laguna).

El autor se refiere al vocablo en los siguientes términos: Jeringonze, s.m. Jesto. “Me haze jeringonzes=Me haze jestos”.

No se trata, por tanto, de una definición del género musical que lleva tal nombre, sino del reflejo en Canarias de una de las acepciones del DRAE, como da a entender Pérez Vidal en su nota aclaratoria: “Acción extraña y ridícula. Jerga, argot, lenguaje corrompido”. Es, como ya hemos visto, la hipótesis más generalizada sobre su etimología. Y la que mejor explica que una modalidad de baile cantado, cultivado por el populacho con intenciones críticas y fustigadoras (contra los frailes y el clero en buena parte), haya sido bautizada con tal nombre.

Pérez Vidal no encuentra la antigüedad del vocablo en Las Ensaladas, de Mateo Flecha, sino que ofrece un testimonio muy posterior a la fecha en que fue gestada aquella obra, aludiendo al manuscrito 19.387 de la Biblioteca Nacional, que contiene un romance anónimo que data de 1598, contra la sátira de Rosas de Oquendo (Perú). La parte que alude a la jeringonza dice así: “Porque si mis pensamientos / su vuelo altivo no abaten / han de ser pueblos de Francia/o xerigonzes lenguaje”.

Parece claro que la jeringonza llegó a Canarias como parte del cancionero infantil antiguo, compuesto por más de cien melodías a una sola voz, que representan arrullos o nanas, rondas, romances, villancicos y demás juegos y entretenimientos, que hoy siguen perdurando bajo distintas formas y nombres en América Latina, como nos dice el reputado folclorista uruguayo Lauro Ayestarán: “Algunas de ellas como el Mambrú se incorporaron en el siglo XVIII; otras como “Se va, se va la lancha” en el XIX; pero la mayor parte data de épocas anteriores como “Yo la quiero ver bailar”, que es el baile español de “La Gerigonza” del siglo XVI”.

Otra cosa es que, posteriormente, se produjese en nuestras islas un cambio de nombre, coincidiendo con una nueva funcionalidad que pasaría a desempeñar este baile o divertimento (en las matazones de cochino, por ejemplo, como también sucedió en otros lugares de la Península). De ahí lo del mondongo del fraile, que da nombre a nuestros sorondongos. Porque lo de saltar y bailar por los aires –clave en todas las jeringonzas– se sigue manteniendo a pesar de la metamorfosis sufrida por el modelo primitivo.

Así ocurre en todas las variantes actuales que se mantienen en las Islas, amén de notables coincidencias en lo que se refiere a la música, con partes fijas que parecen calcadas de otros modelos peninsulares y americanos. Compárese, por ejemplo, la variante que recoge Torner con el número 45 (Lírica popular asturiana, páginas 18 y 19) y el denominado Sorondongo de Fuerteventura, que es el modelo que mayor interés folclórico encierra de todos cuantos perviven en el Archipiélago.

Del otro sorondongo conejero no es posible dar un dictamen de parecido corte, porque José María Gil, su principal divulgador, no ha ocultado la fórmula de que se valió para perfilar un género sobre recuerdos de la infancia (música) y versos de la propia cosecha, como así confesó a Lola de la Torre (véase el citado trabajo de Manuel González Ortega). Aunque tenga muy poco de la jeringonza primitiva (sólo el estribillo alude al fraile y a la entrada en el baile de la niña), don José María tuvo el indiscutible mérito de poner en circulación una modalidad de sorondongo que ha llegado a ser el más conocido y divulgado de todos, con más de una docena de versiones recogidas en el disco.

Una vez más se pone de manifiesto que nada hay puro en el folclore, al ciento por ciento. El paso del tiempo, con la consecuente evolución, va tallando las llamadas supervivencias inmediatas, como supo ver con extraordinaria agudeza el maestro Carlos Vega.