LORENZO PERERA, Manuel J..- Las Fiestas de El Amparo.- Colectivo
Cultural Valle de Taoro.
LA FIESTA DE SAN JUAN O DE LOS HACHITOS
Las siguientes líneas van a estar dedicadas, esencialmente, a
los hachitos, ritual que se celebra desde tiempos inmemoriales: "los hachos es
de hace siglos". Constituyen el punto central -el más renombrado- de las fiestas
de San Juan.
No han faltado las ocasiones en que durante la víspera de San
Juan han caído algunas gotas de lluvia. Los viejos de El Amparo acostumbran a
decir que "ésas son las lágrimas de San Juan". Lo que no está demasiado claro es
si son producto del excesivo calor provocado por los humanos por medio de las
fogaleras, hachos, bolas de fuego... o del sentimiento al contemplar Sanjuanito
la alegría y el entusiasmo con que se hace su fiesta. Otra interpretación - más
seria- consistiría en relacionar la expresión de los viejos ampareros con la
motivación que tuvieron las hogueras en tiempos aborígenes y, sin duda alguna,
hasta mucho después de la conquista. Las gotas de lluvia, en uno u otro memento,
vendrían a ser la expresión material de que las creencias superiores atendían el
reclamo enviándoles como muestra unas cuantas lágrimas en el caliente acontecer
del solsticio de verano.
Cabe destacar que, tradicionalmente, la quema de los hachitos
era una costumbre común a todos los barrios de Icod. Ahora bien, en El Amparo
han gozado de afamado prestigio por su cantidad y exquisita belleza.
Antiguamente eran cargados por los hombres, eran mucho más simples (hechos con
ramas de monte, flores y cintas de colores)y se prendían con trozos de tea que
se machacaban por la punta con el propósito de que encendieran con más fuerza.
La tea de pino se utilizaba también para alumbrarse en las casas, constituyendo
un notable complemento económico, ya que los vecinos de El Amparo vendían
manojitos de tea a los pescadores de la Playa de San Marcos con el fin de
alumbrarse cuando iban a pescar, así como a los vecinos del pueblo de Icod,
quienes los usaban para encender los hogares y los hornos de pan.
El mencionado sistema alumbratorio - que es el mismo que
conocieron los viejos guanches- ha sido modificado en los últimos años. Se
obtiene introduciendo un carozo o "mazorca" de millo, envuelto en un paño
empapado en petróleo, en el interior de un cacharro.
La estructura del hachito está constituida por un armazón de
madera (de forma triangular, cuadrangular...), sostenido por un palo clavado a
aquél en sentido vertical. En la parte baja del palo o listón (a unos 50 cm con
respecto a su terminal) suele mostrar un dispositivo para cargarlo sobre el
hombro; está formado por un corto travesaño horizontal clavado al anterior, o
por dos dispuestos de forma triangular. El armazón, que en ocasiones no es otra
cosa que un trozo de tela metálica bordeada por fragmentos de listones o palos,
se recubre de forma armónica con variados elementos vegetales, algunos de gran
tradición (brezo, ramas de laurel, papas, madroños, flores silvestres,...)y
otros de introducción más reciente, tal es el caso de determinadas flores
(claveles, rosas...) que en ocasiones se compran en las tiendas. Al lado de los
hachitos más sencillos - tal como sucede con la mayoría de los que portan los
niños- encontramos otros más refinados, auténticas alfombras verticales, en las
que incluso se añaden frases alegóricas como "Viva San Juan", presentando formas
muy variadas: de corazón, de barco, de Cristo, de campanario, de cruz... En el
travesaño superior del armazón, clavados al mismo, se disponen los "cacharros de
la luz".
La confección de los hachitos, según su vistosidad, se inicia a
partir de las primeras horas del día de la celebración e inclusive desde el día
anterior. Algunos se hacen por promesa, otros por una sentida tradición que
flota en el ambiente y que se inicia desde la infancia: "si yo al chico mío no
le hago un hacho, me tiene loco desde las seis de la mañana Hacia las ocho de la
noche los hachos se van concentrando -poniéndolos sus portadores en las paredes
de piedra seca- por encima de la plaza, en las cercanías del camino de El
Sabuguero. Por él se encaminará la comitiva, prosiguiendo por anchas veredas
hasta el Lomo de La Vega o de Los Pajales, el lugar más alto desde donde se
divisa gran parte de la comarca de Icod. Allí se dan "dos vueltas en redondo" y
a continuación se desciende hasta la carretera de La Vega, donde tiene lugar el
encuentro con la procesión de San Juan.
Lo descrito nos hace recordar las romerías que los primitivos
guanches (e incluso sus descendientes) hacían a lugares elevados, caracterizados
por su trascendente importancia religiosa. La estampa, según los criterios,
aparenta ser alucinante, tenebrosa, surrealista, intensamente festiva... Es de
noche y las únicas luces que se detectan desde la plaza de El Amparo son las
numerosas hogueras que los jóvenes han confeccionado y prendido a lo largo del
trayecto y la de los hachos, que en su caminar van formando dibujos y figuras
serpentiformes resplandecientes. El panorama contemplado desde el lomo de La
Vega es igualmente llamativo: el Valle de Icod es un salpicadero de hogueras,
sin que falten expresivos conjuntos que trazan figuras: en 1982 nos Ilamó
poderosamente la atención una que paulatinamente agonizaba mostrando su silueta
de "coraz6n candente". El júbilo durante el recorrido es enorme. Se repiten los
vivas a San Juan: "antiguamente decían que San Juan se había perdido y que iban
a buscar a San Juan", y no deja de sonar la música del guanchinesco tajaraste,
entonándose de rato en rato sus picarescos cantares.
La segunda parte del recorrido - que es también la otra parte
de la historia- es de claro y "devocional" sentido cristiano: al pie del Lomo de
La Vega, en la carretera, como ya se ha indicado, la efigie de San Juan cargada
a hombros espera a la comitiva. A ritmo de la banda de cornetas y tambores, San
Juan entra en la iglesia de El Amparo en las proximidades del nuevo día.
Tradicional ha sido que a continuación se baile el tajaraste en la Media Naranja
de la iglesia.
La limitación entre lo profano (hachitos, hogueras...) y lo
cristiano (procesión con el Santo) estuvo mucho más marcada antiguamente. Fue a
mediados de la década de los años cuarenta del siglo actual cuando la Iglesia
dispuso sacar la estatua de San Juan en el transcurrir de la concurrida
celebración de los hachitos. Hasta el memento aludido más arriba, la procesión
tenía lugar, únicamente, el día del Santo. Hacia el mediodía finalizaban los
actos litúrgicos: misa, sermón y procesión alrededor de la plaza "y luego a
bailar y a cantar".
Siguiendo al historiador Domingo Martínez de La Peña, los datos
más concretos sobre la festividad de San Juan en el Amparo se remontan a los
momentos finales del siglo XVIII; fue entonces cuando el escribano José
Sopranis, a petición de un grupo de vecinos del barrio, donó a la ermita una
imagen de San Juan que presidía el oratorio de su casa. Pero tal como manifiesta
e intuye el señalado investigador, la fiesta debió haber sido mucho más
antigua:
"Su origen pagano, al igual que las hogueras, restos de un
ancestral culto al fuego en el solsticio de verano, debió ser un rito guanche,
que por estar tan arraigado en la zona, nunca dejó de celebrarse. Muy
significativo es el inicio en esa lomada alta y destacada sobre el valle, si
tenemos en cuenta la veneración de los primitivos isleños a estas prominencias
del terreno. Es posible que el recorrido fuera mucho más largo, descendiendo en
gran parte de la noche, hasta llegar a la orilla del mar, para aguardar a la
salida de los primeros rayos del sol".
La fiesta de los hachitos -"al final se eliminan"- mantuvo gran
auge hasta mediados de los años sesenta. Su condición de fiesta del fuego, es
decir, del solsticio de verano, del Sol, astro al que adoraban los aborígenes
canarios, resalta una vez más cuando tomamos en consideración el siguiente dato
que nos fue narrado por habitantes de la localidad: mediante un cable que iba
desde La Vega hasta El Amparo, se lanzaban bolas encendidas, constituidas por
una piedra envuelta en un saco. "Se dejó de hacer por los cables de la luz
eléctrica"
Aquellos cables fueron más o menos coetáneos de otras
realidades en las que se vieron involucrados numerosos habitantes de El Amparo:
la emigración, desarraigo de la tierra... y de las tradiciones. Por ello la
fiesta de San Juan, a partir de 1965, entró en una fase de cierta decadencia.
Aparecieron nuevos valores foráneos fácilmente asumieres por los pueblos. En los
últimos anos, con el estimulo de otorgar premios a los hachos más vistosos y
medallas conmemorativas a los restantes, se ha vuelto a acrecentar su número: 60
hachitos concurrieron en 1985. La estimulación artificial, ligada a determinadas
circunstancias, ha dado nuevos bríos a la natural tradición. Ahora bien, lo
importante, lo que conviene es que se haga la fiesta, que se den iVivas a San
Juan! y que no deje de sonar jamás el bendito tajaraste.

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