lunes, 10 de junio de 2013

HACHITOS DE SAN JUAN

 
 
LORENZO PERERA, Manuel J..- Las Fiestas de El Amparo.- Colectivo Cultural Valle de Taoro.
 
LA FIESTA DE SAN JUAN O DE LOS HACHITOS



Las siguientes líneas van a estar dedicadas, esencialmente, a los hachitos, ritual que se celebra desde tiempos inmemoriales: "los hachos es de hace siglos". Constituyen el punto central -el más renombrado- de las fiestas de San Juan.

No han faltado las ocasiones en que durante la víspera de San Juan han caído algunas gotas de lluvia. Los viejos de El Amparo acostumbran a decir que "ésas son las lágrimas de San Juan". Lo que no está demasiado claro es si son producto del excesivo calor provocado por los humanos por medio de las fogaleras, hachos, bolas de fuego... o del sentimiento al contemplar Sanjuanito la alegría y el entusiasmo con que se hace su fiesta. Otra interpretación - más seria- consistiría en relacionar la expresión de los viejos ampareros con la motivación que tuvieron las hogueras en tiempos aborígenes y, sin duda alguna, hasta mucho después de la conquista. Las gotas de lluvia, en uno u otro memento, vendrían a ser la expresión material de que las creencias superiores atendían el reclamo enviándoles como muestra unas cuantas lágrimas en el caliente acontecer del solsticio de verano.

Cabe destacar que, tradicionalmente, la quema de los hachitos era una costumbre común a todos los barrios de Icod. Ahora bien, en El Amparo han gozado de afamado prestigio por su cantidad y exquisita belleza. Antiguamente eran cargados por los hombres, eran mucho más simples (hechos con ramas de monte, flores y cintas de colores)y se prendían con trozos de tea que se machacaban por la punta con el propósito de que encendieran con más fuerza. La tea de pino se utilizaba también para alumbrarse en las casas, constituyendo un notable complemento económico, ya que los vecinos de El Amparo vendían manojitos de tea a los pescadores de la Playa de San Marcos con el fin de alumbrarse cuando iban a pescar, así como a los vecinos del pueblo de Icod, quienes los usaban para encender los hogares y los hornos de pan.

El mencionado sistema alumbratorio - que es el mismo que conocieron los viejos guanches- ha sido modificado en los últimos años. Se obtiene introduciendo un carozo o "mazorca" de millo, envuelto en un paño empapado en petróleo, en el interior de un cacharro.

La estructura del hachito está constituida por un armazón de madera (de forma triangular, cuadrangular...), sostenido por un palo clavado a aquél en sentido vertical. En la parte baja del palo o listón (a unos 50 cm con respecto a su terminal) suele mostrar un dispositivo para cargarlo sobre el hombro; está formado por un corto travesaño horizontal clavado al anterior, o por dos dispuestos de forma triangular. El armazón, que en ocasiones no es otra cosa que un trozo de tela metálica bordeada por fragmentos de listones o palos, se recubre de forma armónica con variados elementos vegetales, algunos de gran tradición (brezo, ramas de laurel, papas, madroños, flores silvestres,...)y otros de introducción más reciente, tal es el caso de determinadas flores (claveles, rosas...) que en ocasiones se compran en las tiendas. Al lado de los hachitos más sencillos - tal como sucede con la mayoría de los que portan los niños- encontramos otros más refinados, auténticas alfombras verticales, en las que incluso se añaden frases alegóricas como "Viva San Juan", presentando formas muy variadas: de corazón, de barco, de Cristo, de campanario, de cruz... En el travesaño superior del armazón, clavados al mismo, se disponen los "cacharros de la luz".

La confección de los hachitos, según su vistosidad, se inicia a partir de las primeras horas del día de la celebración e inclusive desde el día anterior. Algunos se hacen por promesa, otros por una sentida tradición que flota en el ambiente y que se inicia desde la infancia: "si yo al chico mío no le hago un hacho, me tiene loco desde las seis de la mañana Hacia las ocho de la noche los hachos se van concentrando -poniéndolos sus portadores en las paredes de piedra seca- por encima de la plaza, en las cercanías del camino de El Sabuguero. Por él se encaminará la comitiva, prosiguiendo por anchas veredas hasta el Lomo de La Vega o de Los Pajales, el lugar más alto desde donde se divisa gran parte de la comarca de Icod. Allí se dan "dos vueltas en redondo" y a continuación se desciende hasta la carretera de La Vega, donde tiene lugar el encuentro con la procesión de San Juan.

Lo descrito nos hace recordar las romerías que los primitivos guanches (e incluso sus descendientes) hacían a lugares elevados, caracterizados por su trascendente importancia religiosa. La estampa, según los criterios, aparenta ser alucinante, tenebrosa, surrealista, intensamente festiva... Es de noche y las únicas luces que se detectan desde la plaza de El Amparo son las numerosas hogueras que los jóvenes han confeccionado y prendido a lo largo del trayecto y la de los hachos, que en su caminar van formando dibujos y figuras serpentiformes resplandecientes. El panorama contemplado desde el lomo de La Vega es igualmente llamativo: el Valle de Icod es un salpicadero de hogueras, sin que falten expresivos conjuntos que trazan figuras: en 1982 nos Ilamó poderosamente la atención una que paulatinamente agonizaba mostrando su silueta de "coraz6n candente". El júbilo durante el recorrido es enorme. Se repiten los vivas a San Juan: "antiguamente decían que San Juan se había perdido y que iban a buscar a San Juan", y no deja de sonar la música del guanchinesco tajaraste, entonándose de rato en rato sus picarescos cantares.
La segunda parte del recorrido - que es también la otra parte de la historia- es de claro y "devocional" sentido cristiano: al pie del Lomo de La Vega, en la carretera, como ya se ha indicado, la efigie de San Juan cargada a hombros espera a la comitiva. A ritmo de la banda de cornetas y tambores, San Juan entra en la iglesia de El Amparo en las proximidades del nuevo día. Tradicional ha sido que a continuación se baile el tajaraste en la Media Naranja de la iglesia.
La limitación entre lo profano (hachitos, hogueras...) y lo cristiano (procesión con el Santo) estuvo mucho más marcada antiguamente. Fue a mediados de la década de los años cuarenta del siglo actual cuando la Iglesia dispuso sacar la estatua de San Juan en el transcurrir de la concurrida celebración de los hachitos. Hasta el memento aludido más arriba, la procesión tenía lugar, únicamente, el día del Santo. Hacia el mediodía finalizaban los actos litúrgicos: misa, sermón y procesión alrededor de la plaza "y luego a bailar y a cantar".
Siguiendo al historiador Domingo Martínez de La Peña, los datos más concretos sobre la festividad de San Juan en el Amparo se remontan a los momentos finales del siglo XVIII; fue entonces cuando el escribano José Sopranis, a petición de un grupo de vecinos del barrio, donó a la ermita una imagen de San Juan que presidía el oratorio de su casa. Pero tal como manifiesta e intuye el señalado investigador, la fiesta debió haber sido mucho más antigua:
"Su origen pagano, al igual que las hogueras, restos de un ancestral culto al fuego en el solsticio de verano, debió ser un rito guanche, que por estar tan arraigado en la zona, nunca dejó de celebrarse. Muy significativo es el inicio en esa lomada alta y destacada sobre el valle, si tenemos en cuenta la veneración de los primitivos isleños a estas prominencias del terreno. Es posible que el recorrido fuera mucho más largo, descendiendo en gran parte de la noche, hasta llegar a la orilla del mar, para aguardar a la salida de los primeros rayos del sol".
La fiesta de los hachitos -"al final se eliminan"- mantuvo gran auge hasta mediados de los años sesenta. Su condición de fiesta del fuego, es decir, del solsticio de verano, del Sol, astro al que adoraban los aborígenes canarios, resalta una vez más cuando tomamos en consideración el siguiente dato que nos fue narrado por habitantes de la localidad: mediante un cable que iba desde La Vega hasta El Amparo, se lanzaban bolas encendidas, constituidas por una piedra envuelta en un saco. "Se dejó de hacer por los cables de la luz eléctrica"
Aquellos cables fueron más o menos coetáneos de otras realidades en las que se vieron involucrados numerosos habitantes de El Amparo: la emigración, desarraigo de la tierra... y de las tradiciones. Por ello la fiesta de San Juan, a partir de 1965, entró en una fase de cierta decadencia. Aparecieron nuevos valores foráneos fácilmente asumieres por los pueblos. En los últimos anos, con el estimulo de otorgar premios a los hachos más vistosos y medallas conmemorativas a los restantes, se ha vuelto a acrecentar su número: 60 hachitos concurrieron en 1985. La estimulación artificial, ligada a determinadas circunstancias, ha dado nuevos bríos a la natural tradición. Ahora bien, lo importante, lo que conviene es que se haga la fiesta, que se den iVivas a San Juan! y que no deje de sonar jamás el bendito tajaraste.


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